
Publicado el 25 de enero de 2010
Viven en Pasaia desde el pasado agosto. Aquí está su vida diaria y su reto laboral inmediato, que es montar una academia de inglés. Pero John Marlique y Princess Kumba Koroma viven también para Sierra Leona. Colaboraron en el acuerdo de paz en su país y aspiran a participar en su vida política.
Existen historias personales tan sobrecogedoras, que impresiona saber que son las de mujeres y hombres que viven tan cerca de nosotros. Princess Kumba y John Marlique Koroma son un matrimonio sierraleonés que reside en Pasaia desde el pasado agosto y que en las dos últimas décadas libra una durísima doble lucha. A la batalla diaria por salir adelante en una tierra extranjera se le suma, en su caso, un compromiso tan fuerte con Sierra Leona, que les ha llevado a arriesgar la vida por el fin de la guerra en su país.
Princess, hoy vecina de Trintxerpe, fue la única persona admitida a título particular para participar en el proceso de pacificación de Sierra Leona, en el año 1999. La intermediación de esta mujer entre el Gobierno y el grupo de los llamados rebeldes fue decisiva para lograr la firma de los acuerdos que pusieron oficialmente fin al conflicto bélico en ese estado africano.
Afincados desde hace más de una década en el País Vasco, Princess y John siguen sin perder de vista el devenir de Sierra Leona, que trata de recuperarse de las heridas causadas por la guerra. El reto más inmediato de esta pareja, ambos profesores de inglés, pasa por abrir una academia en Pasaia. En este momento, se esfuerzan en conseguir la financiación necesaria para ello. Pero entre sus ilusiones está también poder comenzar en breve a estudiar Ciencias Políticas en la Universidad, formándose adecuadamente para, en un futuro, poder regresar a su país y participar en la vida política.
«Tengo muchas ideas para Sierra Leona, pero tengo que estar allí para poder ayudar a mi país como quiero», señala ella.
Princess y John son de distintas regiones de Sierra Leona y, si bien se conocieron en su país, ambos viajaron a Europa por separado, a través de un programa de intercambio de estudiantes. Ella al Estado español y él a Alemania. Fue después de muchas y muy duras vicisitudes cuando pudieron por fin reencontrarse y comenzar una vida en común.
En 1991 Princess estudiaba en Freetown, la capital de Sierra Leona, cuando su familia, perteneciente a la tribu de los kissi, se vio obligada a huir de su región sin poder comunicarse con ella. Comenzaba la guerra. «La ciudad de la que soy tiene importancia económica. Mi padre era el portavoz de la provincia. Por eso, tanto el Gobierno como los rebeldes querían capturarlo», relata esta mujer. Ya su bisabuelo y su abuelo fueron dirigentes de su tribu, dividida hoy por las fronteras de Guinea, Sierra Leona y Liberia.
Durante tres largos años, no supo nada sobre el paradero de su familia. Descartó sus planes de estudiar Ingeniería Mecánica y se decantó por Teología, una carrera más económica, mientras trabajaba para la iglesia evangélica.
Cuando, en 1994, le surgió la posibilidad de viajar a Europa durante un año y alejarse así de una guerra que se extendía y recrudecía, decidió que antes de irse debía encontrar a su familia. Pudo dar con su madre y una hermana en un campo de refugiados de Guinea, pero su arrojo estuvo a punto de costarle la vida. Acusada de ser una espía de los rebeldes, fue apresada por militares que, en el último momento, desistieron en su intención de tirarla a un río con una piedra al cuello. «Me salvó lo que encontraron en mi mochila. Entre otras cosas, una Biblia», explica. Aquellos militares dejaron la decisión sobre Princess en manos de un comisario de Policía, que finalmente no la mató.
De Madrid a Zestoa
Su historia en el Estado español comenzó en Alcalá de Henares y siguió en Zestoa. Princess fue acumulando una tras otra experiencias de trabajo desesperanzadoras, con la gran dificultad añadida de un idioma completamente nuevo para ella. «Muchas veces prefiero no contar todas las cosas que me han sucedido. Porque después me vuelve a invadir la tristeza», lamenta. «Yo quería volver a Sierra Leona, pero la organización a través de la cual había viajado a Europa se negaba a entregarme mi pasaporte. Decidí desvincularme de esa ONG», recuerda.
Y prosiguió sola su recorrido. Uno de los momentos más duros para ella llegó cuando le plantearon ejercer la prostitución. Se negó en rotundo. Y no veía salida a su situación, hasta que un matrimonio de Altza se ofreció a acogerla en su familia. «Estuve con ellos nueve meses. Aún hoy los considero mis padres de aquí».
Tras sufrir diversas penurias y recibir la noticia de la muerte de su madre, en 1996 Princess pudo reencontrarse con John. Y, aunque con muchísimas dificultades, la pareja encarriló su vida. Comenzaron a trabajar como profesores de inglés y lograron comprar un piso en Lasarte-Oria.
En 1999, unas imágenes de Sierra Leona mostradas en televisión hicieron que revivieran el dolor por lo que estaba sucediendo en su tierra. «Aparecían niños y jóvenes mutilados. Bebés a los que les habían cortado los brazos. ¿Qué culpa tenían ellos de los conflictos políticos?», relata esta mujer, que decidió que quería contribuir a la resolución del conflicto. Y comenzó a escribir cartas. Al presidente de Sierra Leona, al de Sudáfrica, al ministro español de Asuntos Exteriores... «Las armas no iban a solucionar nada. Había que dialogar», apunta. También quiso comunicarse con los rebeldes. Y lo consiguió, a través del abogado de éstos en Europa.
Paralelamente, recibió formación sobre mediación y reconciliación en el Centro de Investigación por la Paz “Gernika Gogoratuz”. Sus cartas no pasaron inadvertidas. «Venían en momentos de inspiración. Me llamaron los rebeldes y el Gobierno», recuerda.
En mayo de 1999, otro país africano, Togo, acogió el proceso de pacificación de Sierra Leona. Y Princess fue invitada a participar como mediadora, por el Gobierno y los rebeldes. «John y yo decidimos que debía ir. Un amigo me compró el billete. Teníamos claro que, si moría, lo habría hecho por conseguir la paz en nuestro país».
Intensa mediación
El mes y medio que duró el proceso está plagado de escenas dignas de un guión cinematográfico. Fueron jornadas de intenso trabajo. «Rompí todos los protocolos de mediación. Hablé con todos los participantes, a veces hasta las 5.00 de la madrugada. Trabajé con los representantes de la ONU, con el ministro de Asuntos Exteriores de Togo, con rebeldes, con el Gobierno...», explica.
Princess Kumba regresó a Gipuzkoa con la buena noticia del acuerdo de paz alcanzado. Sólo quedaba que las partes rubricaran ese acuerdo. Un último golpe inesperado hizo tambalearse aquellas ilusiones. El líder de los rebeldes decidió echarse atrás en la firma. Y el portavoz del proceso de pacificación, Kokou Koffigoh, confió en Princess para intentar convencerlo. «Admitió hablar conmigo por teléfono porque me consideraba una persona neutral. John, un amigo nuestro y yo hablamos con él durante media hora. Antes de colgar, me dijo que le había convencido y que pusiera la televisión, para ver la noticia de la firma del acuerdo», narra.
Ha transcurrido una década. A su tierra le queda mucho camino que recorrer para curar sus heridas y lograr mejoras en economía, calidad de vida, infraestructuras, igualdad de la mujer... Princess se vino a Europa por un año y lleva más de 15. «No estoy arrepentida de haber venido. Porque aquí he aprendido muchas cosas. Cosas buenas que un día me servirán para trabajar en política en Sierra Leona», afirma convencida.